
El ego colectivo: decir “no” como medicina del cuerpo y del alma
El ego colectivo: decir “no” como medicina del cuerpo y del alma
Cómo las creencias heredadas moldean nuestras emociones, nuestros cuerpos y nuestra forma de vivir

Cuando decir “sí” deja de ser amor y se vuelve una forma de autoabandono: cómo el ego colectivo nos entrenó para callar… y por qué decir “no” puede ser medicina.
El “sí” que nos apaga
Tanto en mi práctica médica como en mi vida personal, veo a diario mujeres que dicen “sí” cuando por dentro gritan “no”.
Lo hacen en el trabajo, en las relaciones, en la familia.
Dicen “sí” para evitar conflictos, para sostener la armonía, para no perder el lugar que les costó tanto conseguir.
Y en ese intento de pertenecer, muchas veces se apagan.
Durante mucho tiempo, también me vi reflejada en ellas.
Creí que complacer era una forma de amor. Que la entrega total era sinónimo de fortaleza.
Hasta que entendí algo que dolió… y liberó:
ese “sí” constante no nacía de la verdad, sino de una voz más antigua que todas nosotras.
Una voz cultural, heredada, que dicta cómo debe comportarse una mujer “correcta”.
Esa voz es lo que llamo ego colectivo: una mente invisible que nos habita y nos hace repetir un guion que nunca escribimos.
La historia que nos moldeó
La historiadora Gerda Lerner mostró que esto no fue siempre así.
En los orígenes, las mujeres fueron eje de la comunidad: creadoras, inventoras de la agricultura, transmisoras de saberes y mitos.
Pero con el tiempo, esa centralidad fue desplazada.
El cuerpo femenino se transformó en propiedad.
La fertilidad, en mercancía.
La voz, en amenaza.
Los mitos también cambiaron.
Donde antes había diosas creadoras, aparecieron figuras como Eva, culpable de la caída, o Pandora, responsable de liberar los males del mundo.
Más adelante, esa misma lógica se aplicó a mujeres reales de enorme poder, como Cleopatra: una líder política y estratégica cuya imagen fue deliberadamente tergiversada por el relato romano, reducida a seducción y manipulación, borrando su inteligencia, su visión y su soberanía.
Desde entonces, lo femenino fue cargado de culpa, sospecha y obediencia.
Ese es el origen del ego colectivo: un entramado histórico y simbólico que nos enseñó que decir “no” era peligroso, que complacer era más seguro que rebelarse y que callar era más noble que hablar.
Esa herencia se grabó en la cultura… y también en la biología.
Cuando la cultura se vuelve biologia
El psiquiatra Bessel van der Kolk explica que el trauma no se guarda como un recuerdo: se guarda como una reorganización del cuerpo y del cerebro.
El ego colectivo, transmitido por generaciones, actúa como un trauma histórico: un estado de alerta heredado.
La amígdala se hiperactiva: responde como si hubiera peligro incluso ante una crítica o una mirada desaprobadora.
La corteza prefrontal, que debería regular, se apaga: la mente sabe que no hay amenaza, pero el cuerpo late como si la hubiera.
El hipocampo pierde precisión: los recuerdos se fragmentan y se repiten como ecos.
La ínsula distorsiona la percepción corporal: algunas mujeres se desconectan del cuerpo; otras lo sienten como un campo de batalla.
El eje HPA (hipotálamo–hipófisis–adrenal) se desregula: exceso de cortisol, inflamación, agotamiento, envejecimiento prematuro.
Y los órganos más afectados son —curiosamente— los mismos que la historia cargó de significado:
Tiroides: la voz silenciada.
Útero y ovarios: la fertilidad controlada.
Intestino: lo que no pudimos “digerir”.
Piel: la frontera con un mundo que invade demasiado.
El cuerpo no olvida.
El cuerpo lleva la cuenta.
🪞 Los arquetipos: un lenguaje del alma
Carl Jung describió el inconsciente colectivo como un campo de símbolos compartidos, donde habitan los arquetipos: fuerzas universales que representan experiencias esenciales de la humanidad.
La médica intuitiva Caroline Myss llevó esa mirada al terreno espiritual y femenino: los arquetipos no son personajes externos, sino energías internas que nos habitan.
Cuando se expresan en luz, nos sostienen.
Cuando se distorsionan por el ego colectivo, se vuelven prisiones.
El ego colectivo fijó muchos arquetipos en su versión en sombra:
La Madre, sacrificada: cuida a todos menos a sí misma.
La Guerrera, agotada: incapaz de descansar.
La Reina, que gobierna sin soberanía.
La Visionaria, ridiculizada como ingenua.
La Amante, culpable por desear.
Cuando vivimos estos arquetipos desde la sombra, decimos “sí” donde deberíamos decir “no”.
Nos autoabandonamos para encajar, para no incomodar, para no ser rechazadas.

🌿 El puente entre lo simbólico, lo energético y lo biológico
Cada arquetipo representa una energía esencial y también un elemento vital que se manifiesta en el cuerpo.
Lo simbólico y lo fisiológico no están separados: dialogan.
Madre – Tierra
Nutre y sostiene | En sombra: estancamiento y sobrecarga
Órganos: tiroides, digestión
Guerrera – Fuego
Acción y propósito | En sombra: hiperactividad e inflamación
Sistema: eje HPA, musculatura
Reina – Metal
Estructura y límites | En sombra: control y rigidez
Órganos: piel, pulmones
Visionaria – Aire
Inspiración e intuición | En sombra: dispersión y ansiedad
Sistema: sistema nervioso, respiración
Amante – Agua
Placer y conexión | En sombra: dependencia y culpa
Sistema: sistema hormonal, riñones
Cuando el fuego está en exceso, el cuerpo se inflama.
Cuando falta tierra, el cuerpo se desvitaliza.
Cuando el agua se estanca, el deseo se apaga.
Sanar no es eliminar los elementos: es recuperar el equilibrio.
Y ese equilibrio, muchas veces, empieza cuando dejamos de vivir en defensa.
Una historia personal
Recuerdo una relación en la que permanecí más tiempo del que mi cuerpo quería.
Sabía que ese lugar no era el mío… pero me quedé.
No por amor, sino por lealtad a una idea: que una mujer valiosa es la que sostiene, la que aguanta, la que no se quiebra.
Mi “sí” era un disfraz.
Mientras tanto, el cuerpo entraba en pausa: insomnio, dolores, cansancio sin explicación.
No era debilidad. Era sabiduría biológica.
El cuerpo sabía antes que yo que ya no había coherencia.
Esa experiencia me enseñó que la complacencia es otra forma de anestesia,
y que decir “no” no es rechazo: es medicina.
Lo que vas a descubrir en este recorrido
En los próximos textos vamos a recorrer, uno a uno, estos arquetipos:
la Madre, la Guerrera, la Reina, la Amante y la Visionaria.
Vamos a observar qué ocurre cuando se distorsionan y cómo el cuerpo lo expresa:
qué emociones los alimentan, qué órganos se ven implicados y qué prácticas simples ayudan a restaurar su luz.
Así como todas llevamos dentro los elementos fuego, agua, metal, aire y tierra, también atravesamos —o atravesaremos— estos arquetipos en distintos momentos de la vida.
Conocerlos permite detectar desequilibrios antes de que se conviertan en desgaste.
También hablaremos de los espejismos que el ego colectivo nos vendió como verdades:
el éxito que enferma, el tiempo que se nos escapa, el placer que olvidamos y el sacrificio disfrazado de amor.
Porque todo eso vive dentro de nosotras, esperando ser visto con otros ojos.
Para cerrar
Autoras como Brené Brown, Harriet Lerner y Nedra Tawwab coinciden:
poner límites no es egoísmo, es una forma de amor propio.
Cada “no” consciente abre espacio a un “sí” verdadero.
Cada límite restaura la coherencia interna entre cuerpo, mente y alma.
El ego colectivo nos entrenó para vivir anestesiadas.
Nos robó la voz, el tiempo, el placer y la autenticidad.
Pero no es nuestro destino.
Fue una construcción histórica —y, como toda construcción— puede transformarse.
Hoy tenemos la oportunidad de reescribir el guion:
decir “no” al autoabandono, a la complacencia, a lo que enferma.
Y decir “sí” a la coherencia, al descanso, al placer y a la autenticidad.
Porque la salud y la longevidad no se miden solo en años,
sino en cuánta verdad y libertad nos animamos a habitar.
Seguimos? Te leo